Se prende, pero… ¿Se aprende?

Los incendios son parte esencial de la evolución de la vida en nuestro planeta. Su uso es necesario para comunidades alrededor de todo el mundo y su papel ecológico es vital para muchos ecosistemas. Sin embargo, las dinámicas de fuego actuales se han convertido en una amenaza para la biodiversidad y la vida humana. Se combinan factores humanos y climáticos: por un lado, en un planeta cada vez más caliente, las temporadas de incendio en todo el mundo se están haciendo más largas y frecuentes. Por otro lado, se estima que tres de cada cuatro incendios tienen origen humano. Nuestra relación con el fuego está rota y debemos reconstruirla. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo podemos distinguir incendios benéficos de perjudiciales? ¿Por qué hablamos de “manejarlos” y no de “combatirlos”? ¿Qué hay detrás de ellos y cómo interactúan los factores humanos con las condiciones climáticas?

Por Carla Sauval y Juan Ignacio Arroyo
Colaboradores: Timoteo Marchini y Hernán Ivas.

Tiempo de lectura: 15 minutos (preparate un mate).

Las apariencias engañan: no todo fuego es malo

Por lo general, vemos a los fuegos como enemigos de la naturaleza y de las comunidades. Muchas veces resultan incontrolables y dejan a su paso un ambiente devastado. Sin embargo, el fuego existió siempre, no sólo como elemento clave en la evolución de la especie humana, sino también como una perturbación natural que cumple un rol determinado en la regulación de los ciclos de los ecosistemas. La realidad es que los incendios pueden tener aspectos beneficiosos y dañinos a la vez según cómo, dónde, cuándo y por qué ocurren. Siempre han existido estas “dos caras del fuego”. (Hardesty, 2005).

De hecho, muchas áreas en todo el mundo dependen del fuego para mantener sus especies, sus hábitats y sus paisajes nativos. En este tipo de ambientes, el fuego ayuda a preservar la biodiversidad mediante la renovación de las especies vegetales, la implantación de semillas en suelos despejados y la devolución de nutrientes al suelo.

A este tipo de ecosistemas se los conoce como dependientes o adaptados al fuego. En ellos, el fuego cumple un rol tan esencial que las especies vegetales han desarrollado estrategias para responder positivamente a los incendios y para facilitar su propagación. Es decir, la vegetación es inflamable y propensa al fuego (Myers, 2006).

Bulbostylis paradoxa en flor pocos días después de un incendio. Es una especie vegetal común en las sabanas de América Central y de Sudamérica. [Fuente: The Nature Conservancy].

En términos de área, aproximadamente el 46% de las ecorregiones prioritarias del mundo para la conservación están dominadas por ecosistemas dependientes del fuego, es decir, que necesitan quemarse bajo un régimen de fuego adecuado para poder persistir en el paisaje, según The Nature Conservancy.

Ejemplos de ecosistemas dependientes del fuego abundan en todo el mundo, particularmente en América del Sur y África, conocidos como “continentes de fuego” por su gran abundancia. La mayoría de las especies de pino está vinculada a regímenes de fuego específicos (Rodríguez-Trejo y Fulé 2003), como también lo están los bosques y sabanas de palmeras (Myers 1990). Los pastizales pampeanos, por ejemplo, tienen una frecuencia de incendios cada 4 años o más. Recomendamos esta nota de El Gato y La Caja que explica el caso de los bosques sureños de Argentina y de la sabana de palmeras de Entre Ríos.

En contraste, hay otros ecosistemas en los que el fuego puede llevar a la destrucción o a la pérdida de especies y de hábitats nativos. Estas áreas son ecosistemas sensibles al fuego y no se han desarrollado con el fuego como un proceso importante y recurrente. Un 36% de las ecorregiones prioritarias para la conservación corresponden a esta categoría (Hardesty, 2005). También existen ecosistemas que son demasiado fríos, húmedos o secos para quemarse; conocidos como independientes al fuego -representan un 18% de las ecorregiones, incluyendo desiertos y glaciares-.

Entonces, ¿cómo reconocer cuando un incendio es “dañino” o “beneficioso”? Esta distinción es vital para avanzar en nuestra relación con el fuego. Veamos.

Ni muy poco ni demasiado: todos los excesos son malos

Cada ecosistema tiene su propia historia de fuego, en la que su rol toma mayor o menor importancia para la salud del mismo. Hay algunos ambientes en los que la composición y estructura de las especies que los moldean han evolucionado junto con condiciones recurrentes de fuego propias -tales como severidad, frecuencia, momento y tamaño de la quema, entre otras-. Si estas condiciones se alteran de forma tal que, por ejemplo, haya demasiado o muy poco, hablamos de regímenes de fuego alterados. Estos representan una amenaza a la conservación de la biodiversidad.

Si se elimina o se aumenta el fuego o se altera o restringe uno o más de los componentes del régimen del fuego de manera tal que el rango de variabilidad en un ecosistema dado ya no sea el adecuado, este ecosistema se transformará en algo diferente y se perderán hábitats y especies”.

Myers, 2006.

Esto es exactamente lo que estamos haciendo los humanos: suprimiendo fuegos necesarios y generando otros cuando resulta indeseable.

Desde esta perspectiva, podríamos reconocer regímenes de fuego ecológicamente adecuados y otros alterados o indeseables. Los regímenes de fuego ecológicamente adecuados son aquellos que mantienen la viabilidad o la estructura, la composición y el funcionamiento del ecosistema. No es necesariamente un régimen natural del fuego, ya que durante miles de años los humanos han participado activamente en su modificación.

Este concepto nos aporta una pista en nuestra búsqueda. Desde un punto de vista ecológico, se podría decir que los incendios que refuerzan los ciclos naturales son benéficos, independientemente de que la causa haya sido natural o humana (Hardesty et al. 2005). Sin embargo, lo que está sucediendo en los últimos años poco tiene que ver con el comportamiento “natural” de los incendios, ya que los factores humanos se han convertido en la principal causa de incendios, alterando los regímenes ecológicamente adecuados. Se estima que 3 de cada 4 incendios tienen origen humano. 

En pocas palabras, la alteración de los regímenes de incendios significa que ecosistemas que rara vez han experimentado un incendio, hoy se están quemando; mientras que ecosistemas que han dependido del fuego por miles de años, experimentan menos incendios debido a que los humanos los suprimen por razones sanitarias o de seguridad.

Un problema es que la alteración de un régimen de fuego no se percibe de un día para el otro. Ni siquiera de un año para el otro. Se trata de procesos lentos e incrementales, que a veces ocurren durante décadas y están relacionados con múltiples fuentes humanas de degradación de los ecosistemas. Esto hace aún más difícil reconocer cuándo un incendio es parte de un régimen adecuado o indeseable. Otro problema es que las dinámicas pasadas de fuego pueden no ser viables en la naturaleza actual. Ambos problemas son potenciados por la escasez general de información acerca de la adecuación ecológica de los actuales regímenes de fuego en muchos ecosistemas.

El punto central es que, en el contexto de la grave problemática del fuego, comprender su papel ecológico es el primer paso para una gestión integral del manejo del fuego. Si bien esto está empezando a cambiar, la mayor parte de las sociedades y los gobiernos no han reconocido el hecho de que el fuego tiene dos caras —funciones beneficiosas e impactos perjudiciales- (Myers, 2006). Ignorar la cara positiva nos lleva a querer apagar cualquier fuego que aparezca, resultando en una gestión deficiente que agrava el problema que queríamos solucionar.

Comprender el papel ecológico del fuego y su contexto social y económico, es el primer paso para una gestión integral del manejo del fuego.

Contra la intuición

Uno de los factores principales que altera los regímenes de fuego es la expansión demográfica. El traslado de personas hacia nuevos territorios, algunos más propensos a los fuegos que otros, da lugar a una situación compleja en cuanto a la salud del ecosistema. Veamos qué ocurre.

Por un lado, la expansión de las ciudades y pueblos significa nuevo terreno a cargo de las autoridades locales, y preservar los hogares y la infraestructura se vuelve primordial cuando se trata de enfrentar un incendio. La supresión de incendios durante muchos años genera diversos efectos, entre ellos la acumulación de grandes cantidades de combustible -ramas caídas, troncos y hojas secas. Esta disponibilidad de biomasa vegetal incendiable es un factor clave en los impactos de los incendios.

Por otro lado, este mismo proceso demográfico aumenta la presión urbana sobre el ecosistema y las probabilidades de ocurrencia de nuevos incendios, ya sea por algún cortocircuito eléctrico, un descuido hogareño o un asado. Un hecho así, en una zona incendiable con décadas de acumulación de combustible, es la combinación perfecta para un desastre.

De hecho,  estudios realizados en Estados Unidos muestran que el número de incendios muy severos y dañinos aumentó, como consecuencia de décadas de éxito en la prevención y supresión de incendios en algunos ecosistemas propensos al fuego (USDA Forest Service, 2000).

Por eso -aunque suene contraintuitivo- a veces se inician quemas controladas para evitar peores incendios en el futuro. Esta práctica también se utiliza para mitigar la expansión de especies vegetales exóticas o como herramienta para el manejo de pastizales con fines productivos y conservacionistas.

Quemas prescritas en El Palmar, Entre Ríos. Su principal objetivo es conservar la población de palmeras Butia Yatay, la cual no puede mantenerse sin incendios periódicos. Fuente: El Entre Ríos.

Las comunidades locales también inician quemas para promover el rebrote de pasturas en los campos o para preparar terrenos para otras construcciones. Sin embargo, en muchos casos, existen intereses económicos de diversas industrias para ampliar su propiedad y utilizan los incendios para “limpiar” las zonas a las que desean llegar . Más allá de quién los inicie, nos podemos imaginar que detrás de toda práctica artificial, los resultados pueden no ser siempre los esperados. Si jugamos con fuego, nos podemos quemar.

Si jugamos con fuego… nos podemos quemar

Si estas prácticas no se realizan correctamente, sin el equipo técnico adecuado o se salen de control, las consecuencias pueden resultar devastadoras. 

El 2020 fue un año donde los incendios azotaron gravemente a Sudamérica, Estados Unidos, y otras regiones del mundo, destruyendo ecosistemas por completo y afectando la vida de miles de personas. Según la Organización Mundial de Conservación (WWF, 2020), el número de alertas de incendios en todo el mundo en abril de 2020 aumentó en un 13% en comparación con el 2019, el cual ya había sido un período récord para incendios en Sudamérica y el mundo (FARN, 2020).

En base a datos del reporte diario del Servicio Nacional de Manejo del Fuego y del Informe de superficies afectadas por incendios en el Delta e islas del Río Paraná, el reporte de FARN: “Argentina Incendiada”, revela que durante 2020, en Argentina se quemaron alrededor de un millón de hectáreas.

“El total de la superficie quemada hasta la fecha (noviembre, 2020) equivale a 55 veces la superficie de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 16 veces el Parque Nacional Iguazú, o a la superficie total de Qatar”, detalla el reporte. El 57% de la superficie quemada corresponde a las provincias de Córdoba y Entre Ríos.” – FARN, 2020.

En términos generales, el patrón común es que grandes espacios territoriales (mayormente ricos en biodiversidad como bosques, humedales o montes nativos) sufren impactos debido a la presión humana que aumenta en función de procesos demográficos y económicos. Dicho de otro modo, el ser humano crea caminos nuevos, se adentra en la naturaleza y expande sus ciudades. Pasa a adueñarse de lo ajeno y no tanto convivir con lo que existe.

Las causas

Si bien hablamos de diversas extensiones de tierra  que sufren distintos cambios de uso y presiones, podemos afirmar (sin detenernos en el caso a caso) que “las presiones sobre los ecosistemas naturales, en particular bosques y humedales, están dadas básicamente por la expansión de la frontera agrícola, la ganadería intensiva y extensiva, la urbanización y el desarrollo de infraestructura asociada, la extracción de madera y los incendios forestales” (FARN, 2020).

El 75% de los incendios que ocurrieron este año en el mundo fueron producidos por humanos, informa la Organización Mundial de Conservación (WWF). En Argentina, este número sube al 95%, según los datos oficiales del Ministerio de Seguridad.

Se cree que los incendios en la actualidad se están comportando de forma diferente a cualquier otra época en la historia. Los humanos nos hemos convertido en la fuente primaria de igniciones, desplazando cualquier otro origen natural.

¿Y el clima? ¿Y Candela?

Uno de los efectos más reconocidos del cambio climático es el aumento en la intensidad y frecuencia de eventos climáticos extremos (como lluvias, sequías, olas de calor). Las condiciones climáticas interaccionan con las actividades humanas y generan distintos resultados. Un incendio de origen humano puede volverse incontrolable si las condiciones climáticas favorecen su propagación y aumentan la intensidad: no es lo mismo prender una mecha en un campo seco que en uno húmedo.

Para que haya un incendio debe combinarse un clima seco, la disponibilidad de combustible y algún factor que lo origine, desde la caída de rayos producidos por tormentas eléctricas en el caso de los factores naturales, hasta un fogón mal apagado o fuegos intencionales para deforestar (MAyDS, 2020a).

Si los incendios fueran el resultado de una receta de cocina, las condiciones climáticas serían el condimento clave. Si tenemos todos los ingredientes en cantidad suficiente, las probabilidades de tener un incendio de gran impacto serán muy altas.

Temporadas de fuego: más frecuentes y más largas

Hay épocas del año en las cuales hay más probabilidades de que ocurra una ignición y genere un incendio. Estas se conocen como temporadas de fuego y varían en fecha y duración, dependiendo la ubicación geográfica.
Las temporadas de fuego pueden extenderse bajo la presencia de altas temperaturas, baja humedad, días consecutivos sin lluvia y/o vientos intensos. El cambio climático es un factor que influye sobre las condiciones que determinan la frecuencia, intensidad y duración de los incendios. Según un estudio del Earth Observatory publicado por la NASA, en las últimas décadas, las temporadas de fuego se han vuelto más frecuentes y más duraderas:

Cambio en la duración de las temporadas de fuego, medido en días al año. Los colores cálidos indican un aumento en la duración de las temporadas de incendios, mientras los fríos indican lo contrario.
Fuente: Earth Observatory maps.

Prender el horno: cada grado importa

Para cocinar una receta de alto impacto, no sólo necesitamos combinar ingredientes, sino también prender el horno. Y eso es lo que venimos haciendo de forma sostenida en los últimos siglos. 

Desde la Revolución Industrial, la temperatura media global del planeta aumentó 1°C y se proyecta que para fines de siglo el aumento se encuentre entre los 3 y 4°C en promedio -cerca de 10°C en los polos-, muy por encima de lo acordado por todas las naciones integrantes de las Naciones Unidas en el Acuerdo de París. 

Según la NASA, el 2020 fue el año más cálido en la historia desde que hay registros, superando el récord anterior del 2016. Acabamos de transitar la década más calurosa y los efectos de estas subas de temperatura se sienten alrededor del mundo, desde Siberia hasta Córdoba.

Temperatura media global mensual desde 1851 hasta 2020 comparada con los promedios de 1850-1900). En rojo: temperaturas mayor al promedio. En celeste: temperaturas inferiores. Obtenido de la Organización Meteorológica Mundial (WMO).

El cambio en la temperatura media global afecta de manera diferente a los distintos sistemas del planeta. En general, a mayor aumento de la temperatura, mayor es el nivel de riesgo de ocurrencia de un evento extremo (como inundaciones o incendios) y el impacto sobre los sistemas naturales y humanos.

El color de la barra indica un nivel de impacto (blanco: indetectable, amarillo: moderado, rojo: alto y violeta: muy alto) para distintos aumentos de temperatura media global respecto a los niveles preindustriales: 1ºC 1.5ºC y 2ºC (valores de las lineas horizontales).
Fuente: IPCC 2018

Por ejemplo, un aumento en la temperatura media global de 1.5°C tiene un impacto entre moderado y alto (color naranja) sobre los daños de los incendios forestales, mientras que un aumento de 2°C tiene un impacto alto (color rojo) sobre ellos. Por este motivo, cada grado importa.

¿Y por casa?

El Servicio Meteorológico Nacional realizó una visualización que permite observar el aumento de la temperatura media anual en Argentina en los últimos 10 años. Un contexto que favorece, por todo lo dicho antes, a la proliferación de incendios.

En este gráfico se muestran los mapas de anomalía de temperatura media anual desde 1961 respecto al valor climatológico normal de referencia 1981-2010. Las anomalías sirven para visualizar rápidamente las zonas más cálidas (tonos rojos) o más frías (tonos azules) respecto al nivel medio del periodo. Los años están ordenados por décadas. Lo que vemos es cómo en las últimas décadas comienzan a predominar los colores cálidos. También podemos observar que la última década no registró ningún año con temperaturas normales o inferiores al promedio.

Al mismo tiempo, el Reporte Mensual de Alerta Temprana del Ministerio de Ambiente de Argentina del mes de octubre, alertó que el mes de Septiembre del 2020, mes en el cual los incendios fueron extremos, “se caracterizó por registrar importantes anomalías de temperatura máxima y por la continuidad del déficit de precipitaciones sobre el centro y norte del país. La región registró la peor sequía de los últimos 60 años.

Todo lo dicho anteriormente favorece la propagación de incendios causados por humanos y los vuelve incontrolables. Esta cita de una crónica publicada en Revista Anfibia engloba lo dicho hasta acá:

“El fuego es parte integral de la historia del mundo. Contribuyó, por ejemplo, a regular la proporción de oxígeno que existe en la Tierra, permitiendo el desarrollo de la vida misma. Pero lo que estamos viendo, ya no tiene nada que ver con procesos naturales, ni simples ni complejos. En cambio, es el resultado de una intervención brutal tanto sobre la atmósfera como en la composición física y biológica de los territorios.

¿Ahora Qué?

Cuanto peores sean las condiciones de vida de la población, mayor será su vulnerabilidad ante las amenazas climáticas. En este sentido, para reducir el riesgo de sufrir impactos negativos del cambio climático, no alcanza con reducir la concentración en la atmósfera de gases que aumentan la temperatura (mitigación). También es necesario adaptar nuestra infraestructura y mejorar las condiciones de vida de la población (adaptación).

En ese sentido, podemos analizar el esquema de gestión de riesgos propuesto por el IPCC para reducir los impactos negativos de las amenazas climáticas -Carolina Vera nos lo explica con total claridad en nuestro podcast-.

Este esquema nos dice que el riesgo de que la población sufra los impactos negativos del cambio climático se compone de la combinación de peligros climáticos -agravados por el cambio climático-, con condiciones de vulnerabilidad social y exposición. Por eso, como nos decía Carolina, “una sociedad más justa va a ser menos vulnerable a las amenazas climáticas. Y para reducir la vulnerabilidad, tenemos que reducir la pobreza.”

En relación directa a la problemática de los incendios, es necesario un manejo integral que incorpore el 1) papel ecológico e impacto del fuego, como así también 2) el contexto social y económico de las personas y de las comunidades involucradas para 3) implementar métodos eficaces en relación a su costo. El objetivo debe ser prevenir incendios destructivos y mantener regímenes de fuego deseables. En este reporte, The Nature Conservancy lo visualiza con el siguiente esquema:

El triángulo del Manejo integral del Fuego busca integrar las percepciones básicas de la comunidad respecto al fuego, su necesidad de utilizarlo y los papeles beneficiosos y dañinos que el fuego puede jugar en los ecosistemas.

Respecto al manejo del fuego, es fundamental fortalecer el desarrollo de herramientas de alerta temprana del Servicio Meteorológico para apoyar a las instituciones y a las comunidades a prevenir los graves peligros de los incendios. Sin embargo, no alcanza con tener la información. También es necesario tomar medidas y actuar en consecuencia. Como analizamos en este hilo de Twitter, el Reporte de Alerta Temprana de julio del 2020 en Argentina ya advertía sobre el aumento de las condiciones de peligro de incendio en gran parte del país. Decía:

“Durante el trimestre en curso (Julio 2020), se prevé un incremento de las condiciones de peligro en gran parte del centro y norte del país, con disponibilidad de combustible muy elevada, temperaturas por encima de lo normal y precipitaciones deficitarias”. (Reporte de Julio del 2020).

Así y todo, los incendios fueron devastadores durante el resto del año. ¿Podría haberse hecho algo más?

Nos queda para reflexionar… Durante el 2020, los incendios azotaron ecosistemas y comunidades. Las causas fueron mayormente humanas, en un contexto donde las alertas climáticas existieron.

¿Cuánto de todo este daño irrecuperable podría haberse evitado? ¿Qué significa preguntarse ‘ahora qué’ para las familias en medio del fuego desbocado? ¿Por qué la respuesta es “ahora a evacuar” o “ahora es tarde”? Para esas personas, para esos  habitats, no hubo enfoque de riesgo ni manejo de fuego integral. No hubo medidas de mitigación ni de adaptación. No hubo ni habrá justicia climática. ¿A cuánto estamos de hablar de refugiados climáticos en Argentina? ¿Cuál es el plan para aquellos cuyas casas se van a inundar o quemar?

En el fondo, los incendios son un síntoma más que nos indica que nuestra forma de habitar el planeta e inducir el desarrollo humano presenta serias incompatibilidades con el entorno natural que sustenta nuestra vida.

¿Ahora qué? Ahora es cuando.

Por Carla Sauval y Juan Ignacio Arroyo
Revisión: Timoteo Marchini y Hernán Ivas.
Edición: Juana Maldonado.

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