Los verdes que faltan: una deuda con los espacios públicos

Ilustración por @agusortizl.art

La disponibilidad y el acceso a espacios verdes, seguros, de calidad y cercanos fue siempre un tema relevante en ciudades de todo el mundo. En los espacios verdes encontramos una nueva oportunidad para el encuentro, ocio y aprovechamiento del tiempo libre en variadas actividades. Sin embargo, las modificaciones en el entorno urbano muchas veces no vienen en concordancia con estas necesidades. La pandemia puso en evidencia el problema de la escasez de áreas verdes de acceso público en los grandes conglomerados urbanos. En este contexto, nos preguntamos: ¿Qué valor le damos al territorio que habitamos? ¿Qué actores sociales tienen más peso en el diseño y la discusión sobre el valor de las ciudades que habitamos?

Por Gonzalo Cemborain y Carla Sauval
Tiempo de lectura: 9 minutos.
Canción para acompañar la lectura: Árbol de Ciudad, de Astromaya.
Infusión sugerida: tereré frío en una plaza o parque.

Esta es la primera parte de una serie de dos artículos donde veremos las diferentes  particularidades de los espacios verdes urbanos, sus beneficios y la importancia de aumentarlos y mejorarlos. Imaginate la ciudad que más te guste, pensá en el espacio verde que tengas más cerca y acompañanos a pensar colectivamente su valor en nuestra vida.

¿Qué son los espacios verdes?

Las definiciones de un espacio verde urbano tienen muchos matices y dependen del contexto, por lo que no hay una definición universalmente aceptada. Pueden abarcar desde entornos naturales, como árboles en la veredas, paredes o techos con vegetación y a veces pueden incluir lo que se conoce como “infraestructura azul»,  como estanques y zonas costeras. Otras definiciones incluyen a los jardines privados, bosques urbanos, áreas infantiles de juego, áreas no recreativas (como bordes de rutas) o playas. Básicamente, todo lo vinculado a la vegetación.

Algunas ciudades los definen como “espacios de cualquier naturaleza abiertos al tránsito o librados al uso público”. Otras los definen como aquellos espacios cuya función principal es servir a la recreación de la comunidad y contribuir a la depuración del ambiente.Más allá de las diferentes definiciones que existen, nuestro punto de partida para este artículo enmarca a los espacios verdes urbanos en un paradigma fundamental: la ciudad para las personas. Estos espacios verdes deben ser disfrutables (función recreativa), de fácil acceso y disponibilidad para todas las personas y deben tener capacidad de generar beneficios ecológicos y físicos. Entendemos, entonces, a los espacios verdes urbanos como democráticos y democratizadores, ya que suponen un lugar de encuentro y relación con la naturaleza más allá de las características individuales de quienes los disfrutan, como la edad, el género, las condiciones psicofísicas o el nivel socioeconómico. Por eso, la calidad de estos espacios es fundamental para garantizar la igualdad de oportunidades y brindarle a las personas una vida más saludable.

Foto: Gonzalo Cemborain

Espacios verdes: ¿para qué?

Cada vez más personas del mundo viven en ciudades. La ONU estima que alrededor del 55% de la población vive en ellas y que este porcentaje aumentará al 70% en 2050. Actualmente, en América Latina ese número es del 81%. Argentina es uno de los países con la tasa de población más alta del continente: el 92% de sus habitantes se encuentra en centros urbanos. 

En este contexto, los espacios verdes son más que parches de naturaleza entre estructuras de cemento y acero. Son lugares que deben ser planificados a conciencia y con responsabilidad social y ambiental, porque tienen beneficios a nivel individual, social y ecosistémico.

Los espacios verdes favorecen las relaciones comunitarias y la cohesión social (5). Generan un entorno para las actividades comunales y mejoran los lazos interpersonales. La multiplicidad de usos y actividades allí impactan en la rutina diaria de las personas, en sus costumbres y prácticas. En la medida en que el sentido de pertenencia de las personas se genera a través de su relación con el paisaje urbano, los espacios verdes sirven para afianzar la identidad colectiva que forma a una comunidad, algo que se encuentra amenazado en las grandes ciudades. Con una buena planificación, pueden generar además una disminución en la percepción y en los casos de inseguridad en los entornos cercanos (6). Por nuestra parte, las personas tenemos una tendencia innata a sentirnos identificadas con la naturaleza debido a nuestro origen genético que evolucionó en entornos naturales. Esta idea, conocida como “hipótesis de la biofilia”, explica cómo la interacción con el entorno natural cumple una función restauradora que nos genera amplios beneficios.

“Habitamos las ciudades como ámbitos de nuestro estar cotidiano, de nuestro paisaje. Su espacio público forma parte de nuestros recorridos, encuentros, actividades, placeres y reclamos. Experimentamos lo urbano desde lo personal, lo colectivo y lo social”

– Gabriela Campari

Muchos de los beneficios están relacionados a la salud (3). Diferentes estudios sobre los impactos de los espacios verdes concluyeron que la exposición a ellos potencian el rendimiento de la actividad física y favorecen el bienestar mental, reduciendo los niveles de estrés o depresión al producir un entorno con ritmos menos acelerados y menor hacinamiento. En concreto, funcionan como una vía de escape para las características propias de las ciudades, como la contaminación visual y auditiva, y de las emociones negativas mediante la restauración de la plasticidad neuronal (4)

Un análisis de la OMS resumió algunos de los beneficios, como una serie de variables que interactúan entre sí; la mejora de la calidad del aire contribuye a una disminución de las enfermedades respiratorias, por la exposición hay una mayor resistencia a las enfermedades relacionadas al calor y al recibir vitamina D, se desarrolla mejor el sistema inmune. Este es favorecido también por estar en contacto con una mayor variedad de microorganismos y bacterias que se encuentran al aire libre.  

Pero esto no termina ahí: los espacios verdes poseen una dimensión democrática. El espacio público es un lugar de encuentro y manifestación de ideas, reclamos, campañas y protestas. El intercambio y la expresión de opiniones diferentes convierte a estos espacios en “foros públicos” (7) en los que todas las personas pueden participar, brindando un canal estructurador en el que confluyen tanto el significado social como la movilidad personal, el compromiso cívico y la integridad ambiental.

El panorama social diverso que se despliega está dado por el acceso igualitario al espacio público. No es casual que en los regímenes totalitarios se prohíban las reuniones de personas en estos lugares, ya que suponen la eliminación de brechas de cualquier tipo (como sociales, económicas, de género) y brindan al pueblo -como actor determinante de la sociedad- una oportunidad para desplegar su voz y por lo tanto, enunciar su poder. 

¿Y lo ambiental? Bueno, a eso queremos llegar. Los espacios verdes ayudan a reducir la temperatura de la superficie urbana, algo muy importante para contrarrestar los efectos de islas de calor, un fenómeno propio de las grandes ciudades que vamos a explicar a continuación.

Isla de calor, efectos y mitigación

Toda urbanización produce una alteración antropogénica del clima en el que se asienta la ciudad, la cual genera un efecto conocido como “isla de calor urbana” (ICU). Estas afectan tanto de manera directa como indirecta al consumo de energía, la habitabilidad y la calidad del aire de las ciudades (8). 

La ICU se produce por los cambios en la superficie que absorbe y refleja la luz solar (por el incremento de superficies asfaltadas y de otros materiales), que modifican lo que se conoce como “albedo superficial”, es decir, el porcentaje de radiación que puede reflejar. Las ciudades son un mosaico de diferentes materiales (“envolvente urbana”) que, dependiendo de sus texturas, colores y propiedades térmicas, tienen comportamientos energéticos diferentes que influyen en el clima que se presenta en ellas, debido a su diversa capacidad de reflejar la radiación solar. La combinación de estos factores produce un aumento en la temperatura, que tiende a ser unos grados mayor comparada con áreas suburbanas de alrededores. A más baja reflectancia solar, más alto es el porcentaje de calor que permanece en el entorno. A esto se le suma una alta generación de calor debido a las actividades propias de las ciudades. Esta es una combinación que no suele ocurrir en la naturaleza. Por lo tanto, los materiales que componen las envolventes urbanas son responsables de cómo interactúa la infraestructura urbana con el ambiente y su impacto en la temperatura.

Urban Trees, Cooler Cities. The Nature Conservancy (Erica Simek Sloniker)

Esto tiene múltiples impactos en las personas que viven en las ciudades. Por ejemplo, las personas aumentan su consumo de energía, porque deben prender más el aire acondicionado para refrigerar las viviendas. Por lo tanto, quienes cuentan con menos recursos, tienen mayor exposición a sufrir los efectos negativos de las olas de calor, como la descompensación o la deshidratación y, en casos extremos, la muerte. La situación es particularmente grave para quienes viven en condiciones de hacinamiento, las personas mayores y las que ya sufren alguna enfermedad. 

Asimismo, un aumento en el consumo de energía eléctrica por la mayor demanda en la refrigeración de las viviendas deja a la ciudad más vulnerable a sufrir interrupciones en el suministro de energía eléctrica, lo que agrava las consecuencias de los aumentos de temperatura. En definitiva, todas las personas sufren los efectos de las islas urbanas de calor, pero no todas lo sufren de la misma manera. Esto se potencia con el cambio climático. La mayor presencia de altas temperaturas provoca que en época de clima cálido haya menor cantidad de noches con temperaturas más frescas. Esto crea condiciones favorables para el aumento de vectores (organismos que transmiten virus y parásitos), que al combinarse con malas condiciones higiénicas, provocan un aumento del riesgo de enfermedades. Un claro ejemplo de esta situación es el dengue, transmitido por mosquitos.

Foto: Gonzalo Cemborain

Entonces, ¿cómo mitigar los efectos de la isla de calor en las ciudades? 

Spoiler: los espacios verdes son un componente estratégico en la reducción de la temperatura urbana. (9) 

Junto con los espejos de agua, suelen actuar como termorreguladores: moderan la temperatura y generan vientos que pueden remover el calor del aire. La vegetación y los materiales urbanos difieren en humedad, aerodinámica y propiedades térmicas, por lo que el enverdecimiento urbano podría afectar las temperaturas a través de varios procesos. Uno de ellos  es la evapotranspiración; la pérdida de agua de una planta en forma de vapor que va hacia la atmósfera. Esto se conoce como enfriamiento evaporativo y contrasta con el efecto de materiales urbanos, como el asfalto y el hormigón, que rápidamente absorben y retienen el calor cuando se exponen a la radiación solar. Además, la sombra del follaje de los árboles puede actuar enfriando el entorno al interceptar la radiación solar y prevenir el calentamiento de la superficie y el aire.

La concepción de “ciudad”, entonces, debe incluir a los espacios verdes en su planificación por su importancia sanitaria, social, política y ambiental. Todos estos enfoques se retroalimentan y son igual de importantes para poder garantizar espacios verdes y, por lo tanto, ciudades más justas para las personas y el entorno. Un enfoque integral de estas perspectivas al momento de planificar un espacio urbano impactará en la calidad de vida de las personas que allí residen o interactúan, ya que al entender la incidencia humana en el ambiente, se puede proyectar la mejor forma de contrarrestarla. Tener presente estas perspectivas es, básicamente, incluir a las personas en la idea de ciudad. 

En esta primera parte incluimos los aspectos que nos parecen fundamentales a la hora de hablar de espacios verdes: cuáles son sus beneficios en nuestra salud y cómo ayudan a contrarrestar los efectos dañinos que se generan en las ciudades, como las islas de calor, profundizados por el cambio climático. Nuestra intención es que te puedas llevar herramientas para participar de una conversación o debate. Pero #staytunned, que la próxima parte se pone aún más interesante: vamos a ver cómo definir a un espacio verde de calidad, a hablar sobre el fenómeno del extractivismo urbano y la pérdida de espacio público. Finalmente, abordaremos nuevos paradigmas y formas de modificar las ciudades para crear entornos más verdes, (bio)diversos e inclusivos.

Por Gonzalo Cemborain y Carla Sauval
Revisión: Sol Reiman
Edición: Juana Maldonado

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Referencias
  1. Campari, G. (2021). Territorios del paisaje: espacio público y verde urbano. En V. Paiva (Ed.), Sociología y vida urbana (177-196). UBA FADU.
  2. WHO Regional Office for Europe. (2016). Urban green spaces and health.
  3. Twohig-Bennett, C., & Jones, A. (2018). The health benefits of the great outdoors: A systematic review and meta-analysis of greenspace exposure and health outcomes.
  4. Bruchle, W., et al (2021). Physical Activity Reduces Clinical Symptoms and Restores Neuroplasticity in Major Depression
  5. Marselle, M., et al. (2021) Pathways linking biodiversity to human health: A conceptual framework.
  6. Kondo, M., Hohl, B.,Hoon Han, S., Branas, C. (2016). Effects of greening and community reuse of vacant lots on crime.
  7. Gehl, J. (2014). Ciudades para la gente.
  8. Alchapar, N., & Correa, E. (2015). Reflectancia solar de las envolventes opacas de la ciudad y su efecto sobre las temperaturas urbanas. Informes De La Construcción, 67(540), e112. https://doi.org/10.3989/ic.14.131
  9. Gunawardena, K.R., Wells, M.J., Kershaw, T., 2017. Utilising green and bluespace to mitigate urban heat island intensity
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